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Cuando un pueblo se levanta, toma consciencia y comienza a experimentar la fuerza de la que es propietario, no hay quien le pueda convencer de pensar lo contrario, de volver a la “normalidad” previa, de dormirse. En el despertar se desata su creatividad y sus capacidades infinitas. Se admira de lo que puede hacer, lo disfruta, lo expone, y se alienta a continuar. ¿Continuar haciendo qué? Administrando esa fuerza, animando a los suyos, convenciéndose de que sólo depende de sí mismo. Así ya no le pide nada a la burguesía, menos exige sensatez a sus explotadores. Por el contrario, se reúne con los suyos, intercambian la experiencia ganada, decretan con realismo medidas que permitan mejorar la vida. Es decir, de a poco, comienza a practicar el poder popular. Lo ha hecho en las marchas, en las asambleas, en las medidas decretadas para la defensa de los suyos. Es el aprendizaje diario. Es el realismo que marca la agenda del caminar de un pueblo convencido que debe cambiar todo. Y todo eso
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